A menudo caminamos por las calles empedradas de nuestra Muy Noble y Muy Leal Ciudad de Santiago de los Caballeros sin detenernos a pensar que los cimientos de nuestra civilización —y de la forma en que nos organizamos como sociedad— se nutren de voces que clamaron justicia hace más de dos mil años. Una de esas voces, quizás la más resonante en lo que a ética política se refiere, es la de Marco Tulio Cicerón.
En la imagen que nos convoca hoy, leemos una sentencia demoledora: “Si hacemos el bien por intereses, somos astutos, pero nunca buenos”. ¿Qué significa esto para un grupo gestor, para un empresario local o para un vecino en la Antigua Guatemala del siglo XXI? Significa que la verdadera gestión del desarrollo local no puede nacer de la conveniencia, sino de una convicción profunda de servicio.
El concepto de «Honestum» frente al «Utile»
En su obra cumbre De Officiis (Sobre los deberes), escrita como una carta de guía moral para su hijo, Cicerón explora una tensión que sigue vigente en nuestras juntas directivas y reuniones municipales: la lucha entre lo que es moralmente correcto (honestum) y lo que es meramente útil o provechoso (utile).
Para Cicerón, esta dicotomía es, en realidad, una ilusión. Él sostenía que nada que sea moralmente incorrecto puede ser verdaderamente útil a largo plazo. Si una decisión de desarrollo urbano beneficia el bolsillo de unos pocos pero daña el patrimonio de la nación o la calidad de vida del vecino, esa decisión es un fracaso ético y, por ende, un fracaso de gestión. Como bien señala la literatura contemporánea sobre ética pública, «la integridad no es una opción estética, sino la columna vertebral de la confianza ciudadana» (Cortina, 2013).
La Bondad Desinteresada como Motor de Desarrollo
La frase de la imagen nos advierte sobre la «astucia». En el contexto de la gestión de ciudades patrimonio, la astucia suele disfrazarse de «progreso» rápido. Sin embargo, la bondad verdadera —aquella que Cicerón liga al corazón que actúa sin esperar nada a cambio— es la única capaz de generar proyectos sostenibles.
Cuando el Grupo Gestor se plantea metas para Antigua Guatemala, el motor no debe ser el rédito político ni el beneficio económico inmediato. El verdadero motor es el officium, el sentido del deber hacia la comunidad. De hecho, la responsabilidad social no es un intercambio de favores; es el reconocimiento de que formamos parte de un tejido social donde el bienestar del otro es, intrínsecamente, el nuestro. En palabras de Nussbaum (2012), la verdadera justicia requiere una capacidad de empatía que trascienda el beneficio mutuo contractual.
¿Por qué Cicerón hoy y aquí?
Antigua Guatemala es un ecosistema frágil. Es una mezcla de historia viva, presión turística y necesidades habitacionales. Gestionar este espacio requiere de líderes que, como proponía el orador romano, posean las cuatro virtudes cardinales: sabiduría, justicia, fortaleza y templanza.
- La Sabiduría para entender que el patrimonio no es solo piedra, sino memoria.
- La Justicia para que el desarrollo llegue tanto al casco urbano como a las aldeas.
- La Fortaleza para decir «no» a proyectos que atenten contra la identidad de la ciudad.
- La Templanza para no dejarse seducir por la «astucia» del lucro rápido que menciona la cita.
Francamente, es fácil hablar de transparencia en un foro, pero lo difícil es aplicarla cuando los intereses personales entran en juego. Cicerón no era un ingenuo; él vivió la caída de la República Romana entre conspiraciones y corrupción. Sabía que la ética es una lucha diaria. Por eso, su invitación a actuar desde el corazón, sin esperar nada a cambio, no es romanticismo: es la estrategia más pragmática para que una sociedad no se desmorone desde dentro.
El Legado en la Gestión Local
Para los que formamos parte del engranaje que mueve a Antigua Guatemala, la lección es clara. Si nuestras acciones buscan el aplauso o la ventaja, estamos haciendo transacciones, no estamos haciendo historia. La gestión del desarrollo local debe aspirar a la excelencia moral.
¿Podemos imaginar una Antigua donde cada proyecto sea evaluado no por cuánto genera, sino por cuánto sirve? Ese es el ideal ciceroniano. La bondad que nace del desinterés tiene un poder transformador que la astucia jamás podrá alcanzar: la capacidad de crear un legado que trascienda nuestra propia existencia. Al final del día, como bien diría el viejo filósofo, no nos recordarán por lo que acumulamos, sino por lo que fuimos capaces de dar a la Res Publica, a la cosa pública, a nuestra amada ciudad.
Referencias Bibliográficas
- Cicerón, M. T. (1989). Sobre los deberes (S. Núñez, Trad.). Tecnos. (Obra original publicada en el 44 a.C.).
- Cortina, A. (2013). ¿Para qué sirve realmente la ética? Paidós.
- Nussbaum, M. C. (2012). Crear capacidades: Propuesta para el desarrollo humano. Paidós.
- Pellegrino, E. D. (2002). La ética de las virtudes y el servicio público. Revista de Filosofía Política, 15(2), 123-145.